23 DE FEBRERO DE 1535 – En un día como hoy, allá por el año 1535, una pequeña embarcación zarpaba de Panamá rumbo a Puerto Viejo, Perú. Fue comandada por un obispo español de nombre Tomás de Berlanga y llevaba consigo un mensaje de la Corona que debía ser entregado puntualmente a los hermanos Pizarro que estaban ocupados liderando la conquista de Sudamérica. Pero algo desafortunado (o quizás fortuito) sucedió en el camino, ya que las corrientes oceánicas inusualmente caprichosas y el fuerte clima del norte empujaron al barco de Berlanga lejos de la costa hacia aguas profundas y abiertas. Dos semanas después (el 10 de marzo), la embarcación llegó a un archipiélago volcánico. Hasta ese momento, nadie había oído hablar de la existencia de estas islas vírgenes, remotas y deshabitadas que algún día serían conocidas como las Islas Galápagos.

Encuentros Inesperados: El Viaje del Obispo y Descubrimientos Sorprendentes
No fue hasta mucho después, tras sobrevivir, regresar y llegar a su destino original en Perú, que el Obispo se sentó a escribirle al Rey de España:
«Me pareció correcto informar a Vuestra Majestad sobre el estado y progreso de mi viaje desde que salí de Panamá, el veintitrés de febrero del presente año, hasta mi llegada aquí a este nuevo pueblo de Puerto Viejo.»
Continúa con lo siguiente:
“Nuestro barco logró navegar con muy buenos vientos durante siete días, y el piloto de nuestra nave se mantuvo cerca de la costa. Sin embargo, poco después, las corrientes se volvieron increíblemente fuertes, envolviéndonos y desviándonos de nuestra ruta de tal manera que, el miércoles 10 de marzo, avistamos una isla. Al darnos cuenta de que solo quedaba agua suficiente para dos días más, decidimos bajar el bote salvavidas y desembarcar en busca de agua y pasto (para los caballos). Una vez en tierra, no encontramos más que focas, tortugas y galápagos tan grandes que cada uno podía cargar a un hombre encima, y muchas iguanas que parecían serpientes también.”

«Otro día vimos otra isla, más grande que la primera, y con sierras destacadas. Por su tamaño y forma monstruosa, nos dirigimos hacia ella pensando que, sin duda, habría ríos y frutos. La circunferencia de la primera era de unas cuatro o cinco leguas, mientras que la de la segunda era de diez o doce leguas. En este punto del viaje, el agua a bordo se había agotado por completo. Nos tomó tres días llegar a la isla debido a las calmas (falta de viento), durante los cuales todos nosotros, así como los caballos, sufrimos grandes penurias.»
«El bote, una vez anclado, permitió que todos desembarcáramos. A parte de nuestra tripulación se le asignó la tarea de cavar un pozo, y a otros se les encargó buscar agua, si es que había, en la isla. Del pozo que logramos crear, salió agua más salada que el mismo mar; más hacia el interior, el resto de la tripulación no logró encontrar ni una gota de agua después de dos días de búsqueda. En consecuencia, con la tremenda sed que sentían las personas, recurrimos a una hoja cubierta de espinas que parecía un nopal.»

«Como eran algo jugosos, aunque no muy sabrosos, comenzamos a comerlos y a exprimirlos para extraer toda el agua que pudiéramos de su interior. Una vez extraída, parecía como residuos de lejía, pero todos la bebimos como si fuera agua de rosas…»

Melissa Altamirano

Eduardo Silva

Carolina Escobar
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